Una vez que EEUU decidió que matar niños era tolerable, no queda más que hacer

“Una vez que Estados Unidos decidió que matar niños era tolerable, no queda más que hacer”

Por: Marco Velázquez Cristo.

Con el título de este artículo, frase lapidaria del periodista británico Dan Hodges, motivada por la conducta asumida por las autoridades norteamericanas ante el ataque del 2012 en el que murieron veinte jóvenes estudiantes de una escuela secundaria en Connecticut, The New York Times finaliza un análisis de las causas que motivan la frecuente ocurrencia de tiroteos masivos en EE.UU., que el medio atribuye solo al gran número de armas en poder de la población, sin dudas el principal factor que los facilita, argumentando que los estadounidenses constituyen alrededor del 4,4 por ciento de la población mundial pero tienen en su propiedad el 42 por ciento de las armas del mundo. Sin embargo otras también son las causas del comportamiento de estos hechos, tal y como lo demuestra Michael Moore en su documental “Bowling for Columbine”.

Es cierto que en ese país le pueden hasta regalar un rifle si usted abre una cuenta en un banco, y que los controles de venta y posesión de armas son mucho más débiles que en otros lugares del mundo, pero en Canadá, nación limítrofe con EE.UU., existe un alto número de armas en poder de la población y las personas no se matan entre sí, ni los niños se enfrentan a tiros en sus escuelas. Según el  Times, el índice de homicidios por arma de fuego en Estados Unidos era de 33 por cada millón de personas en 2009, mientras que en Canadá era de 5.  De acuerdo con el medio, un neoyorquino tiene la misma probabilidad de sufrir un asalto que un londinense, pero tiene 54 veces más probabilidades de perder la vida en el proceso.

Por lo tanto, hay que profundizar en las condicionantes de este fenómeno.

Moore le atribuye una gran cuota de responsabilidad a los medios, que aterrorizan a los norteamericanos con noticias sensacionalistas sobre supuestos ataques de las más diversas procedencias, sobredimensionando determinados hechos que ocurren en la realidad, o satanizando a determinadas nacionalidades, grupos étnicos o religiones.

No recuerda el influyente diario que los medios de su país, hicieron que sus ciudadanos enloquecieran ante las supuestas consecuencias funesta que tendría lo que se dio en llamar el “Error del Milenio” o Y2K, asociado a la no previsión en los computadores del cambio de milenio, o con la supuesta invasión de abejas asesinas,  que nunca se produjo, o cuando se divulgaron noticias como estas: “Encuentran agujas y cuchillas de afeitar en dulces de Halloween” . Al final todo fue una farsa, pero el mal ya estaba hecho y las golosinas han llegado a ser pasadas por rayos X

Tampoco toma en cuenta las noticias falsas sobre innumerables personas acusadas de violación en diversos  campus universitarios de todo Estados Unidos que terminaron arruinando  la vida de las personas, perpetuaron el mito de que una de cada cinco mujeres son violadas en los campus universitarios, desataron protestas estudiantiles y generaron un  debate nacional sobre la violencia sexual en esos lugares.

Si el Times tuviera razón, entonces el 19 de abril de 1995, dos hombres no hubiesen volado un edificio federal en Oklahoma City, matando a 168 personas, entre ellas 19 niños, pues no utilizaron  armas de fuego, sino explosivos.

La política de corte imperial de los gobiernos de Norteamérica caracterizada a través de la historia por la agresividad, la invasión de países inferiores en capacidad militar, la victoria sobre los cuales transforman en mensajes de supremacía y de culto a la violencia como forma de resolver los conflictos, también influye en el comportamiento de los norteamericanos hacia sí mismos. Olvida el Times que el día en que ocurrieron los hechos de Columbine, EE.UU. lanzó más bombas sobre Kosovo que en cualquier otra guerra.

Ese culto a la violencia y a las  armas de fuego, reforzado por los medios de diversas maneras, apuntalado por películas y videojuegos que fomentan conductas fanáticas y violentas influyen en la sociedad norteamericana, es así que uno de los participantes en la matanza del instituto Columbine, en Denver (Colorado) Eric Harris llamaba a su escopeta Arlene, un personaje de un videojuego muy violento llamado Doom.

El Times considera que leyes de posesión de armas más estrictas, en cuanto a la venta y el tipo de estas que se pueden tener, que dificulten mucho más tenerlas y mantener un permiso para ello, podría contribuir a cambiar la manera de pensar en las armas, como algo que los ciudadanos deben ganarse el derecho de tener.

El diario analiza las estadísticas de la cantidad de muertes por armas de fuego en 2013, en Estados Unidos que incluyeron 21.175 suicidios, 11.208 homicidios y 505 muertes ocasionadas por un disparo accidental, y las registradas ese mismo año en Japón, que solo ascendieron a 13, un país que tiene una tercera parte de la población estadounidense.

Concluye que un norteamericano tiene 300 veces más probabilidades de morir a consecuencia de un arma de fuego que un japonés. La tasa de propiedad de armas en Estados Unidos es 150 veces más alta que la de Japón, pero la diferencia entre 150 y 300 demuestra que las estadísticas relativas a la propiedad de armas de fuego por sí mismas no explican por qué Estados Unidos es diferente.

En mi modesta opinión, un mayor control y limitación de la venta de armas, es una de las más importantes medidas para buscar solución al problema de marras, pero debe ir acompañada de otras que permitan eliminar el resto de las causas que lo originan, algo muy poco probable en una sociedad dominada por el temor, en la que se siembra el odio y se implanta la violencia como única vía para redimir los conflictos, en un Estados Unidos que ha decidido que vale más la propiedad de las armas, y el mantener aterrorizada a su población para  poder manipularla en función de objetivos políticos, financieros y mediáticos, que los miles de vidas de sus ciudadanos que las armas ciegan anualmente, manejadas por personas, a veces niños, víctimas ellos también de una sociedad que los enajena.

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