Cinco toques y par de estornudos (I) | PostCuba

Cinco toques y par de estornudos (I)

Por: Jaime Zayas

 Toda enfermedad comienza con un síntoma, liviano, quizás pasajero, pero que denuncia la presencia del virus, la bacteria o la condición inmunológica. Puede ser una erupción, o un dolor muscular. A veces, es apenas un estornudo.

El 26 de octubre se publicó en El Estornudo un artículo titulado “El poder del pueblo, qué poder ni poder”. Su autor, Juan Orlando Pérez, es un asiduo colaborador de sitios de fervoroso sentimiento contrarrevolucionario, como Cubanet, e incluso ha publicado en Diario de la Marina, una  abyecta plataforma anexionista que propugna la “autonomía” de Cuba como comunidad ultramarina de España. En este artículo en particular habla sobre la hipotética nominación de candidatos de la “oposición”, que, a su juicio (e imaginativa presunción), serían los únicos que harían algo para mejorar el país desde sus sillas curules.

Por supuesto, la verdad verdadera es que ningún candidato de Otro18 y organizaciones análogas goza de ascendencia real en el pueblo cubano, el que ni con cien Irmas iba a depositar su confianza en sujetos de dudosa reputación, deslegitimados y vituperados por casi todo el mundo. Nos dice Juan Orlando: “No hay ninguna fórmula matemática y política para que los tres héroes de nuestra historia se conviertan en delegados y cometan todas las tropelías que imaginamos (…)”, desconociendo que la fórmula existe, lo que no existe es el arraigo popular de esos candidatos. Luego ataca el sistema electoral y político, sentenciando que “(…) de muy poco les serviría ser delegados a las Asambleas Municipales del Poder Popular, que carecen (…) de verdadera autoridad política, fiscal, legal o administrativa, tienen tan poco poder y hacen tan poco bien que nadie notaría si fueran disueltas, o si no hubiera elecciones para elegir a sus miembros y simplemente los nombrara Raúl a dedo, municipio por municipio.”

Concluye el autor: “Raúl no tiene de qué preocuparse, tendrá las Asambleas que quiere, tan inútiles y serviles como las actuales.” Amén de las consideraciones que se puedan hacer sobre nuestro sistema electoral, que sin dudas es perfectible, el diseño de nominación y elección de delegados de circunscripción es uno de los más democráticos del mundo. El pueblo nomina y elige.

¿Hay que empoderar la figura del delegado? Cierto. ¿Hay que establecer mecanismos de comunicación y difusión más eficaces a nivel local? También cierto. Pero la prosa rencorosa y cínica de Juan Orlando Pérez no es un paso en esa dirección, sino apenas una filípica contra el sistema cubano sin enfoque creativo, sin aportar nada. Es una queja sardónica, que busca en el refugio estilístico todo lo que carece en materia de conocimiento político y jurídico.

 Pero ese fue apenas el primer síntoma. Algo así como despertar una mañana con el cuerpo cortado. O con una leve migraña. Un estornudo matutino, que abrió paso a cuatro toques de virulencia hipercrítica.

El 3 de noviembre, Heriberto Machado publicó en El Toque “La culpa es del delegado”. Heriberto se dice “poeta y narrador”, “lector y padre”, “casado con la literatura y amante de la música, la pintura y el cine”. Dice que disfruta con las victorias del Real Madrid, “aunque no tanto como con las derrotas del Barça”. Esas son sus señas. Las escribió el mismo, al parecer, en su perfil de autor.

Él se dedica en su artículo al que nos referíamos antes a atacar la figura del delegado, no de forma casuística, sino como trampolín para saltar al cuello del sistema político cubano. Nos dice el poeta que siente “palpitar la crisis de representatividad que vive nuestro pueblo”, como un cardiólogo de la sociedad, y que “(…) es risible votar por alguien que luego votará por alguien que a su vez volverá a votar para entonces elegir al Presidente de la República”. El poeta hace alardes de sociólogo sin investigación previa, y analiza el sistema electoral con profundo desconocimiento: la elección de diputados provinciales y nacionales se hace por voto directo, y en Cuba no existe el cargo de Presidente de la República.

¡Hay que leer, poeta! Si se quiere hablar de política y Derecho, no se puede desayunar todos los días con Rimbaud y Paul Auster: hay que hojear un poco las leyes de vez en cuando. No sé, esforzarse un poquito por ser más profesional en esto de “informar” a la gente sobre la res publicae.

 El paciente se siente irritado. Algo molesto. Pero no va al médico.

El Toque, en vísperas de la primera fase de las elecciones, publica tres artículos entre el 23 y el 24 de noviembre. “¿Por qué iré a votar?”, que se llamó originalmente “¿Por qué anularé mi voto?” y luego cambiaron su título (no sabemos por qué); “Tengo derecho a decir”, y “Yo me abstengo”.

El primer artículo de esta tríada marca el ominoso regreso del poeta Heriberto, quien no satisfecho con, en sus palabras, “lanzar una luz” sobre los problemas de nuestro sistema, propone en este nuevo artículo su solución para la “crisis de representatividad” que ha diagnosticado: anular deliberadamente la boleta. Si veinte días antes, el poeta decía que “los delegados tienen entre sus deberes realizar despachos individuales con sus electores para mantener un vínculo real con los mismos, vale resaltar que estos espacios no son aprovechados a cabalidad; en algunos casos por abulia, en otros por cansancio, e incluso, por desconocimiento”, ahora el discurso enrumba por el militante “voto anulado”.

En solo veinte días, el poeta regurgita un artículo de rencor y pesimismo, en el que relata su infancia y juventud plagada por la precariedad, la confrontación con su madre de convicción revolucionaria, su cada vez más radical descontento con el país, con el gobierno. En solo veinte días pasa de “criticar” a denostar por completo.

“(…) Amparado en la supuesta soledad, hago una cruz bien grande, tan grande que atraviesa toda la hoja. Voy hasta donde están los pioneritos —por suerte ninguno es mi hijo—, y dejo caer el papel en la urna, y sin mirar a nadie a los ojos me vuelvo a casa odiando un poco a todos en mi barrio y a todos en mi casa, y pienso en la ironía de llamarle a esto sufragio universal, muestra genuina de democracia.”

Odio. Odio como idea central del texto. Y en solo veinte días.

Julio Batista, en cambio, es más pragmático. Dice: “Yo me abstengo”, porque la boleta anulada se cuenta como voto. Y él no quiere que su voto cuente. “(…) no me interesa participar en un proceso eleccionario en el que ya no creo, no volveré a jugar a la farsa de un voto que no decide nada, no pienso engordar las estadísticas de asistencia sin participación y repercusión real.”

No sé si con ingenuidad, o con dolo, pretende hacer una aclaración: “(…) no incito a nadie al abstencionismo. Respeto profundamente a quienes aún encuentran razones para poner su futuro en manos de otros que poco o nada podrán hacer; ellos han conseguido mantener viva —de una forma u otra— la esperanza en la renovación interna del poder político cubano.”

Pero él no tiene esperanza. Él quiere abstenerse. Él quiere hacer algo distinto. Y está bien. Es su derecho. Lo que resulta profundamente desatinado es su análisis de la abstención como síntoma de pérdida de apoyo popular a la Revolución. Si bien las pasadas elecciones contaron con un nivel de participación bajo para los estándares revolucionarios (85%), sigue siendo muy superior a restantes elecciones en la región. Tomemos, por ejemplo, el caso de Chile: en sus elecciones municipales de 2016, la cifra de abstención fue de 65 por ciento del total de electores registrados.

 ¡Eso sí es un síntoma!

Julio Batista escribe para una buena cantidad de publicaciones digitales. Además de El Toque, artículos suyos han sido publicados en OnCuba y en Periodismo de Barrio. Es también miembro del equipo editorial de Play Off Magazine, una revista digital de deportes. Su perfil de Facebook dice que ha trabajado en Trabajadores (valga la redundancia), pero dudo mucho que con todo lo que debe ganar publicando artículos en todos estos sitios y el tiempo que debe invertir en ello (presumo), continúe trabajando para medios estatales.

Su línea de pensamiento apunta a que la abstención es “la mejor manera de hacer política en Cuba” (y eso que no está sugiriendo o incitando). Por supuesto, queda gente consciente y revolucionaria, que sabe que tenemos un millón de problemas y defectos, pero que no vamos a resolverlo con pataletas pueriles ni poses de intelectual cínico. La mejor manera de hacer política en Cuba es hacer, no abstenerse. Hacer Revolución en barrios, comunidades, en el trabajo, en la creatividad; hacer con talento, con originalidad; hacer por Cuba y para Cuba.

Abstenerse o anular la boleta no son más que refugios para los que se quieren expresar en contra del sistema pero ni siquiera pueden conjurar el valor de manifestarse sin remilgos ni mascaradas. Quizás eso pensara Jessica Domínguez Delgado. En su artículo “Tengo derecho a decir”, la autora desliza con intenciones paródicas un relato sobre su “fugaz” asamblea de nominación, en la que la “democracia duró seis minutos con veinte segundos”, pero su enfoque casuístico se engarza con una valoración sistémica y objetiva. En sus palabras, “el Sistema del Poder Popular en su sentido creador es lo más justo que yo he leído. El problema es precisamente ese, la traición a sus esencias en la práctica.”

En su obsesión por el tiempo, nos dice casi al final del escrito que “me tomará menos de seis minutos votar y no creo que eso resuelva nuestros problemas, pero menos lo hará tomar distancia y observar desde el banquillo resignada al fracaso.” Se puede estar o no de acuerdo con algunos de los juicios emitidos por Jessica Domínguez, pero lo cierto es que, aun cuando critica a veces con excesiva severidad nuestro sistema electoral, sabe compaginar sus insatisfacciones con una visión global. Su voto es con el sistema en contra de burocracias y fallos de la praxis electoral y política. Razones para pensar así tiene: el delegado en la actualidad es una figura que es muchas veces irrespetada, que no cuenta con el empoderamiento fáctico necesario para el desempeño cabal de sus funciones, que precisa de mayor impacto en la realidad y en el entorno de la comunidad, de sus habitantes.

Pero aun siendo este el artículo de la tríada que valida la opción de votar, pareciera que El Toque se resiste a elogiar los múltiples logros y méritos del sistema electoral cubano. Es como si se le atragantara el halago sano, limpio, sin doble rasero. Es como si no quisiera elogiar, como si no estuviera en sus propósitos. Es como si la historia de los éxitos de la Revolución cubana no contara para ellos.

 El paciente sabe que algo no anda bien. Tose, siente algún que otro dolor muscular, padece de cierto estado febril que lo incomoda. Respira con dificultad, la nariz congestionada y los ojos irritados. ¿Hora de acudir al médico? Continuará.

 

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