Cuba: Retrato de los “progresistas independientes” (primera parte)

Nota introductoria.

 El artículo que a continuación reproducimos fue publicado en la Revista CUBA SOCIALISTA bajo el título “Progresismo” en Cuba y memorias del subdesarrollo. Hemos decidido publicarlo en tres partes para facilitar el  análisis y comprensión de su contenido que, realizado desde una óptica objetiva aporta una visión a nuestro entender muy acertada del comportamiento de las líneas editoriales de las plataformas llamadas “independientes” y las corrientes de pensamiento que profesan los que en ellas publican y los objetivos que persiguen.

PostCuba.   

 Primera parte.

 Por: Karima Oliva y Vibani B. Jiménez

Una resultante perversa es la absurda posición del intelectual como “conciencia crítica de la sociedad”—otra vez el intelectual fuera de la realidad— en vez de la conciencia y la actuación crítica de los revolucionarios sobre su sociedad.

Fernando Martínez Heredia. El corrimiento hacia el rojo.

Intelectualismo “progresista” y sus referentes

La clase que en la sociedad moderna, burguesa, da su coloración política al poder es la misma que domina material, económicamente. Y su dominación política está destinada, en definitiva, a mantener y reproducir las condiciones generales en que se lleva a cabo su explotación económica; es decir, las relaciones capitalistas de producción.

Adolfo Sánchez Vázquez. Entre la realidad y la utopía. Ensayos sobre política moral y socialismo.

Algunos medios digitales “independientes” de corte periodístico o académico, ganan protagonismo en Cuba, en especial, entre determinados sectores de la intelectualidad cubana, presentándose como plataformas “plurales” y “alternativas” de deliberación pública sobre el presente y el futuro del país. Quienes publican en estos espacios van construyendo una narrativa “progresista” que asume como hilo conductor un discurso de descrédito y, en ocasiones, marcadamente resentido, respecto al sistema político cubano. A pesar de su pretendida “pluralidad”, es difícil que encontremos posturas identificadas con el curso del proceso revolucionario en las últimas décadas, ni siquiera desde una perspectiva crítica. Los mismos autores son quienes publican en unos y otros de estos medios, se citan entre sí, y van creando una red que busca posicionarse dentro del escenario mediático en torno a Cuba. Tratan de ejercer influencia en la opinión pública, acumulando un capital intelectual que en algunos casos ya es redituable, y uno político que quizás, en algún momento, pudiese llegar a serlo. Intentan socializar una forma particular de interpretar la realidad cubana, que se torna cada vez más popular dentro de sus redes, sin que exista claridad de su alcance efectivo.

Hay matices en el discurso de los autores que pueden considerarse dentro de esta corriente. Algunos de ellos están más interesados en el desarrollo económico y defienden el libre mercado, mientras otros abogan con más fuerza por el empoderamiento de la llamada “sociedad civil”. A grandes rasgos, se pudiera decir que el gradiente va desde quienes anhelan la liberalización definitiva de la economía cubana, pasando por los que sin declarar posición ideológica alguna se presentan como defensores de la prensa independiente, la libertad de expresión, otros derechos civiles y determinadas causas sociales; hasta quienes tienen la mirada puesta en la posibilidad de una inflexión en la institucionalidad jurídico política cubana hacia un “socialismo democrático”, que sea heredero de la tradición republicana más pura.

A pesar de esa variedad, distinguimos un centro en torno a cinco aspectos fundamentales que marcan los intereses dentro de esta corriente de pensamiento “progresista”, con un signo mucho más homogéneo que plural:

Primero, la defensa de determinados derechos acotados dentro de la sociedad cubana actual, relacionados con limitaciones a la propiedad privada y la acumulación de riqueza, la libre asociación, manifestación y expresión, la pluralidad política, el voto directo y la libertad de prensa.

Segundo, las narrativas se caracterizan por la denuncia de las condiciones de vulnerabilidad que viven determinados sectores de la población, es decir, situaciones de pobreza, insalubridad, violencia de género, entre otras problemáticas susceptibles de ser presentadas mediáticamente como “causas sociales” que despierten gran sensibilidad.

Tercero, su juicio sobre el sistema político cubano se basa en responsabilizarlo en términos absolutos, tanto de las limitaciones en materia de derechos, como en materia de desarrollo económico y condiciones de vida de los sectores vulnerables.

Cuarto, la discusión sobre ciertos derechos, o se realiza pasando por encima del carácter socialista del sistema, como, por ejemplo, la necesaria intervención estatal sobre los procesos de distribución de la riqueza y la propiedad; o se realiza de manera descontextualizada, en la medida en que se omite la influencia del bloqueo económico y el asedio político, militar y mediático estadounidense, que delimita las condiciones de posibilidad para la realización de estos derechos y para la superación de las dificultades económicas existentes. Esta discusión, además, pareciera desconocer o, al menos, trata como una obviedad, la amplia plataforma de derechos efectivos que disfruta la población cubana en condiciones de equidad, algunos de ellos, incluso, con carácter universal e inalienable, situación que habla a favor de una clara y sostenida voluntad política del sistema cubano de dignificar la vida en la isla.

Quinto, finalmente, aunque estos discursos no usen la misma jerga política de la derecha norteamericana contra Cuba, se sostienen sobre los mismos pivotes de apertura al libre mercado, de crítica irónica de la ineficacia de una economía socialista bloqueada y defensa de un puñado de derechos específicos tradicionalmente enarbolados por las democracias liberales, lo que hace a este tipo de alegatos muy susceptibles de ser absorbidos o cooptados por intereses externos y sus asalariados en la isla, así como por el resto de la disidencia cubana.

Como parte de esta corriente de pensamiento “progresista”, se destacan algunos intelectuales cubanos que se autodefinen como representantes de la “izquierda”. Se pronuncian en defensa de un “socialismo democrático”, con nostalgia de la tradición republicana presente en otras etapas de la historia de nuestro país y, desacreditan, en general, el proceso revolucionario socialista en Cuba. A pesar de su postura, escéptica a veces, claramente hostil otras, respecto a la institucionalidad cubana vigente, y aunque en ocasiones terminan asumiendo posiciones alineadas o, al menos, convenientes, para la derecha internacional que agrede al país, y sus activistas políticos dentro de la isla, sería difícil identificarlos como integrantes de la abierta disidencia. Ellos son intelectuales formados en Cuba, con dominio de un importante acervo cultural, que parecen auténticos cuando se declaran altamente comprometidos y preocupados por un mejor destino para su país.

Nunca los veremos pronunciarse en los términos de la derecha miamense, propaganda gastada de la que ellos se desmarcan: el calibre de su discurso es otro; es un discurso, de hecho, difícil de calibrar, en un primer acercamiento. Su retórica resulta atractiva, pero sin afiliación clara a ningún proyecto, ni otra declaración de principios que no sea la de su fe en los ideales de la pureza republicana y algunas de sus categorías formales.

Para la mayoría de sus seguidores en las redes, basta el hecho de sentirse identificados con ellos, cuando confiesan su dolor por una patria separada debido a la migración; se colocan como mártires de un Estado que los acosa; halagan la abundancia de Miami y lamentan las carencias de Cuba; o se sientan provisionalmente al lado de algunos grupos sociales a llorar lo que ellos presentan como su infortunio dentro del sistema. Símbolos muy oportunamente usados en artículos de opinión cargados de resortes emocionales, dirigidos a fibras del corazón de una nación, que aún después de seis décadas del más importante proceso revolucionario anticolonial de la historia contemporánea, sigue luchando por resolver, en sus modos de producirse subjetivamente, su principal contradicción histórica, la misma desde octubre de 1868, esa tensión entre el deseo de ser ella misma o el de ser a imagen de un amo. Porque debemos reconocer que hay sectores importantes de la población en Cuba identificados con los valores que representa el proyecto socialista y que desean realmente su continuidad, pero hay también algunos sectores identificados con los valores del capitalismo y su pregonada falacia de abundancia, democracia y libertad.

En principio, nadie podría estar en contra de lo que desea públicamente una parte del intelectualismo “progresista” en Cuba: una institucionalidad jurídico política que garantice mayores libertades, derechos y oportunidades de participación real para el pueblo. Sin embargo, el problema surge cuando proponen como camino hacia mayores cuotas de democracia y derechos, el surco trillado de las fórmulas de la institucionalidad burguesa, en un momento histórico en el que las categorías que defienden, han devenido ya probados eufemismos que no resuelven las crisis estructurales de derechos y democracia en las sociedades capitalistas.

Se puede alegar que los principios republicanos de mayores derechos y libertades no tienen por qué ser exclusivos de las sociedades burguesas, esto dependerá siempre de los referentes desde donde sean construidos. En ese sentido, aunque una parte del “progresismo” en Cuba se declara afín a la izquierda, sus discursos y referentes parecen mucho más cercanos a las socialdemocracias. A estas alturas de la historia es sabido que la llamada “tercera vía”, no está en guerra contra el capitalismo propiamente, sólo contra su expresión más salvaje. Es decir, esta concepción se encuentra mucho más ajustada a la tolerancia de un sistema basado en relaciones de explotación, acorde a la ingenua o interesada idea de que existe un capitalismo “bueno” y un capitalismo “malo”. Sin embargo, no hay una moral intrínseca al capitalismo que pueda controlar y autocorregir voluntariamente los procesos de explotación y acumulación, para crear un modelo amable con la humanidad y la naturaleza. Esta noción de un lado noble del capitalismo omite la lucha de clases como elemento fundamental en el interior de un sistema que utiliza todos los medios posibles para reproducirse, y en su reproducción ilimitada contiene la negación de la humanidad y, al mismo tiempo, la necesidad de la rebeldía.

La implementación de frenos, en determinados momentos y contextos, al capitalismo, sólo ha sido el resultado histórico de las luchas populares frente al sistema. Las concesiones, en términos de reivindicaciones sociales, que se han podido arrancar al mismo, deben defenderse perpetuamente, a riesgo de ser borradas de la historia, pues no forman parte de la lógica de sus procesos de acumulación. Esto, porque los derechos sociales, en realidad representan elementos disruptivos que restan oportunidades de lucro, por lo que pueden ser perfectamente prescindibles e irrelevantes dentro del funcionamiento “saludable” del sistema económico de acumulación capitalista, como ha quedado ampliamente demostrado en las latitudes devastadas socialmente por los intereses del capital.

Por lo tanto, el desmantelamiento total de los derechos sociales en algunos lugares y la existencia de concesiones arrancadas al sistema en determinados contextos a base de lucha y sacrificios colectivos, son dos caras de la misma moneda: el único carácter brutal del sistema. Es por esto que, en lo que respecta al socialismo en Cuba, los derechos relacionados con la libre asociación, libertad de prensa y manifestación, conceptos que tanto defiende el “progresismo” cubano, tomados en abstracto, sin considerar las condiciones objetivas y las realidades concretas a las que se enfrenta la isla desde enero de 1959, son susceptibles de ser coaptados por grupos de poder económico externos e internos a la isla para imponer una agenda privada y privatizadora de acuerdo a sus intereses de clase, que incrementaría las periferias que ya existen y las tornaría inimaginablemente cruentas. Cuba no entrará, por la amplia alameda del modelo de democracia burguesa que defiende el “progresismo” cubano, sin que se resquebraje su libertad como nación y el proyecto de una sociedad para los humildes. El voto directo en esos países cuyas constituciones pone de ejemplo el “progresismo” en Cuba, no garantiza necesariamente que los intereses de quienes votan estén representados. La insistencia de los “progresistas” en la “pluralidad política”, que pudiera traducirse en pluripartidismo y abrir un espacio para la presencia real de corrientes políticas de “centro” y de “derecha”, en el marco de un proyecto social donde no puede haber más lugar que para la profundización del socialismo, a riesgo de ser destruido cualquier proyecto autónomo como nación, conduciría al reposicionamiento de una burguesía en el poder, que no dudará ni demorará en restablecer los mecanismos de dominación de clase afines con sus intereses económicos, lo que implicaría la liquidación del socialismo.

Pareciera que esta concepción del “progresismo” cubano, en defensa de derechos y libertades en abstracto, no logra mirar que, en el espacio político formal de las sociedades capitalistas, en realidad no existe una diferencia efectiva entre el “centro” o la “izquierda”, ya que la política en turno se subordina a los intereses del capital, sea cual sea, su signo. La izquierda verdadera regularmente lucha por fuera y abajo, al margen y contra toda la institucionalidad impuesta. El pluripartidismo se transforma en la práctica en grupos de poder económico y político en pugna por los recursos de sus países para lucrar, despojando a amplios sectores sociales de oportunidades para la satisfacción de sus necesidades básicas. En países con constituciones que reconocen la libertad de expresión se reprimen violentamente las manifestaciones sociales cuando afectan los intereses de las élites económicas y se asesinan periodistas y defensores de derechos humanos con impunidad. En este sentido, la institucionalidad jurídico política burguesa se caracteriza por enunciar derechos formales y libertades relativas subordinados en última instancia a los intereses del capital. ¿Qué derechos están garantizados para los más pobres en muchos países en los que las constituciones hablan de democracia, derechos humanos y libertades políticas en los mismos términos que exige el “progresismo” cubano que defina la constitución en Cuba?

Ningún derecho. Porque no se trata de conceptos formales, se trata de crear condiciones de posibilidad reales en el contexto de determinado proyecto de sociedad. Por lo tanto, no reconocemos el orden conceptual de derechos y libertades que pregona el intelectualismo “progresista” como contraposición al socialismo en Cuba (“pluralidad política”, “derechos humanos”, “libertad de expresión”, “libertad de prensa”, “libertad de asociación”, libertad de manifestación”, “democracia”), no porque sean en sí mismos conceptos burgueses, porque en realidad no tienen necesariamente que serlo sino, sobre todo, porque no son susceptibles de realizarse plenamente dentro de los modelos de sociedad capitalista que el “progresismo” ocupa como referente, es decir, existe una contradicción inherente a ese sistema entre, la enunciación formal-retórica de derechos y libertades, y su concreción real-práctica. Y, porque, para enarbolarlos, los “progresistas” pasan por encima de la historia de Cuba, aunque se declaren acreedores de ella; pasan por encima de las condiciones geopolíticas que enfrenta un proyecto en transición socialista y de sus circunstancias económicas; pasan por encima de los logros sostenidos de la revolución en materia de derechos y libertades, a pesar del hecho de encontrarse el país en medio de un asedio militar, económico, político y mediático que dura ya más de seis décadas.

Pasan por encima del espacio donde libertades y derechos se encuentran en pugna, es decir, la confrontación de dos modelos antagónicos de sociedad, un modelo que tiene como fundamento el lucro y la ganancia, a partir de la explotación del trabajo al servicio de la acumulación del capital en una minoría, y otro que tiene como fundamento la distribución y la equidad al servicio de la sociedad entera.

Siendo así, criticamos, la forma como son utilizados estos conceptos de libertades y derechos por el “progresismo” cubano, a imagen y semejanza de cómo son utilizados permanentemente en el orden discursivo que la institucionalidad burguesa impone para legitimarse, sin que necesariamente se realicen en la práctica, pues están siempre l imitados por el marco estrecho de los intereses de clase de la elite dominante, o sea, siempre acaban siendo derechos y libertades para una minoría. Su única posibilidad de realización universal efectiva es dentro de una sociedad que trascienda el orden establecido por el modelo burgués y los desarrolle desde un marco nuevo, superando las limitaciones impuestas en la sociedad capitalista. Es decir, donde la libertad no se reduzca a las oportunidades de lucro para unos cuantos, la democracia no se limite al imperativo de los intereses de quienes tienen el dinero, la libertad de prensa no se reduzca a la opinión de los dueños de las corporaciones mediáticas en representación de los dueños del capital, la libertad de asociación no sea exclusiva de los privilegiados, y la libertad de expresión no esté circunscrita a lo tolerado por los intereses del mercado.

La enunciación en términos abstractos de cada uno de estos conceptos, utilizando como referente modelos de sociedades capitalistas basadas en derechos formales y libertades relativas en beneficio de los intereses de una minoría, difiere de lo que pueden llegar a ser realmente esos mismos conceptos en un modelo de sociedad socialista que aspira a la realización efectiva de los derechos y libertades plenos para todos. En este sentido, mientras que los discursos “progresistas” en Cuba importen como referentes los conceptos de libertades, derechos y democracia desde las dinámicas de la institucionalidad burguesa (caracterizada por regular relaciones de explotación para la reproducción de una sociedad dividida en clases), con el propósito de juzgar un proyecto en transición socialista (que, por el contrario, aspira a la supresión de las relaciones de explotación y eliminación de las clases sociales), podemos hablar con justicia de la utilización de conceptos burgueses o del uso burgués de los conceptos.

Cuando el discurso “progresista”, que se autodefine como de “izquierda,” apela como modelo y referente a elementos de la estructura, ideología e institucionalidad de la sociedad capitalista que deben ser superados en el socialismo, se le puede identificar con claridad como corriente conservadora del pensamiento intelectual, completamente antagónica a una auténtica posición de izquierda. Lo que hace es recrear híbridos subdesarrollados de la cultura institucional burguesa cubana anterior a la revolución. Por lo tanto, es labor del pensamiento crítico revolucionario, desenmascarar este tipo de juegos retóricos del pensamiento conservador disfrazado de “progresismo” o de “izquierda”.

Si hay algo que debe combatirse en una revolución socialista, es también la apropiación burguesa de conceptos fundamentales para el desarrollo de su carácter democrático, cada uno de los conceptos y valores que sirvan a la profundización de la democracia socialista deben socializarse y radicalizarse en el proceso. Posibilitando así la emergencia de nuevos modos de ser del trabajo intelectual, desplazando la figura de los intelectuales como conciencia crítica de la sociedad, tan bien aprovechada por las tendencias conservadoras, y asumiendo el pueblo revolucionario la actuación crítica sobre su sociedad (Martínez, 2001).

Por lo demás, el capitalismo y su institucionalidad jurídico política han demostrado con creces su fracaso para la realización de los mencionados derechos y libertades en cada rincón del mundo. Ahí donde el capitalismo ha triunfado estrictamente, su triunfo ha representado para la mayoría de los pueblos, explotación, devastación, despojo y exterminio, es decir, la destrucción de culturas y sociedades enteras. Los “progresistas” cubanos siempre podrán decir que no necesariamente Cuba tendrá el mismo destino que los del sur, y que incluso, a todos los del sur no les ha ido igual de mal. Y justamente ahí, se estarán equivocando nuevamente, pensando que el capitalismo tiene un lado “bueno” y otro “malo”, mirando a occidente con la esperanza de que a Cuba pueda irle tan bien como a las élites de las potencias coloniales, mientras el mundo entero se desmorona.

Las históricas potencias coloniales siempre son puestas como referentes de lo bueno que puede llegar a ser el sistema capitalista y las socialdemocracias. El pensamiento liberal, de que a ellos les va bien porque han sabido desarrollar un capitalismo benevolente y al sur le va mal por las grandes cuotas de corrupción existentes, es un pensamiento altamente difundido entre sectores importantes de las sociedades en el sur.

Muchos intelectuales progresistas en América Latina ponen como buenos ejemplos los avances sociales alcanzados en algunas de estas sociedades capitalistas desarrolladas económicamente. Pero los logros positivos en materia de derechos y libertades al interior de esas sociedades, son precisamente gracias a los frenos que por razones históricas (Estados de Bienestar) se han impuesto al modo de acumulación capitalista.

Aunque no es posible olvidar que para mantener su hegemonía económica, las élites de esos gobiernos, al exterior aplican los mismos modos salvajes de explotación e implementan los mecanismos característicos de dominación capitalista sobre la política de otros países, usando incluso la violencia para suprimir derechos y libertades de otros pueblos. El capitalismo es un sistema global en un mundo unipolar, por lo tanto, es el sistema responsable del orden de cosas a las que estamos asistiendo en nuestro planeta. La riqueza que ostentan las sociedades más desarrolladas económicamente descansa hoy en un sistema que para reproducirse está arrasando con la mayor parte de la población mundial y con la naturaleza. Vivamos donde vivamos no podemos estar de espaldas a esa realidad.

El “progresismo” en Cuba se hace eco de un pensamiento claramente colonial, olvida de qué lado de la historia debemos estar y que, con los pobres, porque eso somos, debemos echar nuestra suerte. Con la misma ilusión los anexionistas cubanos deslumbrados miraban al Norte en la época en que Martí confesaba haber conocido cuán revuelto y brutal podía ser y cuánto nos despreciaba, horas antes de morir, y ya sabemos en qué acabó ese capítulo de la historia de Cuba.

Sabemos que el “progresismo” ahora quiere reescribirla, y contar que la república burguesa fue tan buena, a pesar de sus males, porque fue república, pero j unto al reconocimiento de los avances relativos que representó, nunca podremos olvidar, que luchando contra las formas efectivas en que se consolidó esa república, perdieron la vida los jóvenes cubanos rebeldes más valiosos de la época.

Al final, no están haciendo, a su manera, algo que la narrativa de la derecha internacional no haya hecho antes respecto a Cuba y no siga haciendo: una lectura del socialismo cubano, bajo el prisma del orden de racionalidad emanada de las democracias liberales. A pesar de autodefinirse como exponentes de un pensamiento de “izquierda”, reiteramos que representan una línea conservadora dentro del pensamiento intelectual cubano contemporáneo, abiertamente en contradicción con las nuevas formas de organización de la vida social que se experimentan en Cuba desde el triunfo de la revolución y que tendrán que seguirse reinventando, porque el socialismo, a diferencia del capitalismo en todas sus variantes, es un sistema por construirse todavía.

Respecto a Cuba, no se trata de defender un gobierno como fin en sí mismo, ni los intereses de un grupo en el poder. Se trata de salvaguardar las condiciones de posibilidad para que se efectivice un proyecto de sociedad socialista que garantice los derechos del pueblo, o lo que es lo mismo, defender la soberanía e independencia de una nación, que, aunque quieran obviarlo, enfrenta un asedio permanente, precisamente por no rendirse ni claudicar en ese empeño. La guerra contra la Revolución Cubana ha sido el precio que se ha tenido que pagar simplemente por el hecho de ser libres y consecuentes. Si algún grupo llegara a poner en riesgo la soberanía de la nación, estando en el poder o no; si en algún momento los verdaderos derechos de los que disfruta el pueblo fueran pisoteados en interés de una minoría; si el despojo, la explotación, el desprecio por el valor de la vida humana, la humillación, el anexionismo, la subordinación al poderoso del norte, pretendiesen imponerse como norma en el poder y la revolución fuera así traicionada, habrá que salir a las calles, ahora sí, lo permita o no la constitución, a retomar el curso de la historia; no el curso de la historia de dominación y represión que comenzó en 1901, aunque hubiese república, sino la historia de soberanía nacional y dignificación de la vida humana, que comenzó en enero de 1959.

Sin duda, el socialismo cubano tiene que radicalizarse, tiene que hacerlo hacia la profundización de la equidad social y el mejoramiento de los mecanismos de participación política, pero tiene que crear sus propias formas de conseguirlo. Es cierto que en ese intento hay ejemplos hacia dónde mirar, pero no son los de las democracias liberales. Los movimientos de izquierda anticapitalista en América Latina, por ejemplo, están haciendo mucho en ese sentido, por qué no mirar hacia allá, cuando ellos miran a Cuba.

Nota:  El progresismo en Cuba se entiende en este ensayo como una corriente de pensamiento que delibera sobre el presente y futuro de la isla. Sus exponentes se proyectan como conciencia crítica de la sociedad cubana, reivindican determinados derechos civiles utilizando como referente el modelo liberal de la institucionalidad jurídico política de las sociedades capitalistas y, al mismo tiempo, juzgando y desacreditando el socialismo cubano.

 

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