El contexto, el apátrida y el silencio de sus defensores.

Por: Marco Velázquez Cristo.

El pueblo cierra filas junto al gobierno, el país en pleno tensa sus fuerzas para contrarrestar y derrotar al agresor invisible que amenaza con invadir el suelo patrio. El enemigo oportunistamente arrecia su campaña mediática que, alcanza matices terrorista por lo pérfido de sus mensajes dirigidos a, sembrar la incertidumbre, la desconfianza y el pánico, así como al descrédito del sistema de salud y de las medidas que implementa el gobierno para frenar la epidemia.  Malos cubanos le hacen el juego, amplifican sus falsas noticias y tratan de fomentar la desunión. Y es en este complejo escenario en que aparece con una nueva provocación el apátrida ultrajador de la bandera.

Cínicamente  manifiesta su intención de subastar la enseña nacional que ofendió en una de sus infames acciones que ha pretendido disfrazar de performances, según desfachatadamente dice, para donar al gobierno cubano el dinero que recaude para que lo utilice en el enfrentamiento a la Covid-19.

Esta conducta que revela las verdaderas esencias apátridas y mercenarias de este elemento, carente de cualquier principio ético, pone a sus defensores en una disyuntiva: callar haciéndose cómplices de esta nueva afrenta, o condenarla reconociendo que se equivocaron al considerar al sujeto un “artista”.

Hasta el momento, salvo una honrosa excepción, los que se lanzaron al ruedo por él, han enmudecido.

Esta falta de pronunciamiento sobre la nueva infamia de su defendido es bochornosa. Si se prolonga quedará demostrado que, sus catarsis mediáticas no obedecen a su compromiso con el arte, la justicia, la verdad o la preocupación por el prestigio de la patria.

 “Ver con calma un crimen es cometerlo”.

José Martí.

¿Será que sus exageradas reacciones las motiva el distanciarse públicamente de las posiciones del Estado, para agradar y buscar perdones allende los mares a la vez que satisfacen sus egos?

Si este despreciable sujeto, en momentos como los que vive la patria concreta su vil acción y las autoridades reaccionan:

 ¿Qué van a defender, el «derecho» a ultrajar los símbolos nacionales o la libertad de provocar?

 Sean dignos y hablen.

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