El Manual de OnCuba para entregar la Revolución

Por: Carlos Luque.

El jurista Julio César Guanche, con respecto a los sucesos ocurridos desde el domingo 11 de julio, en reciente artículo convoca a un «…esfuerzo cívico y patriótico para procesar el escenario de modos que mejoren las soluciones, y no empeoren aún más la crisis que vive la nación.»

Julio César Guanche representa una corriente de ideas que desde su participación en Cuba Posible, – aquella plataforma para la restauración del capitalismo en el país y el impulso a un “cambio de régimen”, contribuye a formar criterios y matrices de opiniones opuestas a la democracia, el Partido Comunista y el sistema político cubanos. ¿Actúa ahora, y antes actuó, este historiador en coherencia con su llamado cívico y patriótico para mejorar las soluciones y no empeorar los conflictos? Varios puntos en su texto permiten afirmar hoy, como antes, que no.

Al contrario, algunas de sus propuestas conducirían a un conflicto definitivo, la entrega de la Revolución y el logro de los objetivos enemigos pues, como veremos, se opone al derecho y la necesidad de la acción a esa parte del pueblo cubano que repudió la vertiente violenta de los sucesos y comprende con lucidez su innegable relación con el golpe blando que venía desplegándose desde tiempo atrás.

En general, algunos consejos y valoraciones de los sucesos coinciden con lo que pudiera desear un representante del imperialismo, hoy en la figura del presidente mismo de los EEUU.

Pero veamos los detalles.

Para aludir quizás a los intereses antagónicos de clase en conflicto, afirma el autor, que «en las calles cubanas no están los esclavistas del XIX, los oligarcas de 1912, los granburgueses de 1952.» Por supuesto.

Pero a esta obviedad no añade que en las calles físicas y corredores digitales de la Cuba de estos días, junto a elementos marginales y delincuentes con varios antecedentes penales, también estuvieron presentes y aún al acecho, los instigadores y organizadores mediáticos, sean remotos o presenciales, individuos estos que se autoexcluyen de su cuota de soberanía al ponerse de diversos modos y vías al servicio de la misma potencia enemiga cuyo ensañamiento agresivo es la causa fundamental y el caldo de cultivo de las dificultades por las que algunos otros se han visto conminados, por mímesis o por convicción, o por ansias delictivas, a participar.

Sí, en efecto, como afirma el autor, forman parte del pueblo cubano. Pero al autor, como confiesa en su texto, no le importa «como hable, como actúe o como piense» (Sic), esa parte del pueblo. En sus palabras: “Está el pueblo de Cuba, o parte de él, que es tan pueblo como el resto, guste o no como hable, como actúe o como piense. El pueblo cubano, en su conjunto, es el soberano. El estado cubano está obligado a escucharlo, a respetarlo y a protegerlo.”

Y si a Julio César Guanche no le importa, a otra parte del pueblo, muy mayoritaria, y no sólo a las autoridades del orden, sí que le importa, y mucho, no tanto cómo hable, o cómo piense, pero sí sobre todo cómo actúe esa parte que graciosamente mediante una abstracción el jurista iguala como pueblo, cuando conviene a su tesis.

Y tanto le importa, que esa otra parte ha salido también a las calles a manifestar su rechazo a esos procederes y su apoyo a la revolución. ¿Cómo se puede legitimar la cuota de soberanía de quien se pone al servicio de una potencia extranjera? ¿Cuándo en la historia de cualquier nación a una parte del pueblo no le ha interesado cómo piense y actúe otra parte que se le oponga?¿Olvida Guanche a los que han aceptado recibir finanzas extranjeras para desde hace un largo tiempo ya contribuir a formar estados de opinión contra el socialismo, la democracia, el gobierno, el Estado y el Partido Comunista?, ¿De verdad que no nos debe interesar cómo actúan esos personajes y sus plataformas y relaciones porque también son parte del pueblo?¿Cómo se puede aventurar un concepto apolítico de pueblo? ¿Le importa al historiador esa otra parte del pueblo?

Como no puede confesar que no, acude a una argucia y una manipulación para restar legitimidad e importancia política al pueblo revolucionario que salió a las calles para contrarrestar y neutralizar un curso de los hechos que de lo contrario podría haber satisfecho los objetivos de los organizadores nacionales e internacionales.

En efecto, en un texto anterior al comentado, este historiador afirma que, como en Cuba «solo tiene armas el ejército y la policía»: «Un pueblo convocado por el Estado, y apoyado por todas sus instituciones, incluidas las militares, no es “el pueblo” combatiendo la contrarrevolución.»

Una rara tesis, fuerte y subliminalmente reductora. Claro que el autor entrecomilla «el pueblo» para indicar que con el término alguien pudiera referirse a todo el pueblo. Y aunque es evidente que no se debe hacer pasar la parte por el todo, simplemente se oculta que es su aplastante mayoría quien repudia y tiene el derecho a oponerse a esa otra parte. Sobre todo a los que desde años atrás mediante el mercenarismo pagado o gratuito, sus plataformas, y sus intelectuales orgánicos, forman parte del golpe en curso contra Cuba.

¿Qué es el pueblo auténtica y políticamente movilizado para este erudito ensayista? ¿Todo el que no tenga un trabajo estatal? ¿Todo el que no pertenezca a un partido? ¿Todo el que no se declare con su acción, revolucionario de la revolución en Cuba?

Pero es que en estos días hemos visto y escuchado testimonios televisivos y escritos de personas que afrontaron los desmanes apenas fueron testigos de los sucesos en su localidad, sin tiempo para ser «convocados» u «organizados».

Para quien tiene una concepción del Estado como ente enemigo u opuesto a la sociedad civil, doctrina cara a la ideología liberal contraria a las revoluciones, es natural que lo estatal no sea parte orgánica del pueblo. Y eso explica en mucho esa torcedura teórica que llama a desarmar a la Revolución.

Pero el autor aconseja soluciones políticas a los conflictos. El enfrentamiento al mercenarismo, a las exhortaciones a corredores humanitarios, a las acciones que forman parte de los golpes de estado financiados y organizados en estos días con el auxilio de las redes sociales y los medios digitales, constituyen parte indefectible e irrenunciable de la política revolucionaria de lucha y resistencia. Este autor sabe muy bien, y lo menciona, cómo los cerebros grises, sus financistas y sus peones de la guerra mediática organizan estos eventos con poderosos recursos y nos dice que nada hay que hacer con respecto a ellos: “van a seguir en su lugar.”.

Pero en cambio, le “aconseja” al gobierno y las instituciones del Estado cubanos que no apoyen o convoquen al pueblo revolucionario para que manifiesten su repudio y luchen por sus ideas e intereses. Sobre todo, llama a ese desarme, ¡cuando acepta que nada podemos hacer para detener a aquellos que “van a seguir en su lugar”! ¿Qué nombre tiene eso?

A la acción legítima de las autoridades, amparada por, y ejerciendo las leyes del país para frenar los desmanes delincuenciales de que hemos sido testigos, el autor le llama «represión policial». Ya varias personalidades internacionales han llamado la atención sobre lo peligrosamente manipulador e incluso injusto que es utilizar esos conceptos con respecto a Cuba. Biden también habla de represión y de respetar al pueblo. En eso coincide con Guanche. O este con aquel.

En efecto, aconseja Guanche «detener de inmediato toda represión policial sobre población desarmada, que se exprese pacíficamente.»

¿Acaso eso ha ocurrido? ¿Acaso han ocurrido protestas pacíficas? Como exhorta a «detener», está difundiendo al mundo desde un medio como OnCuba, que ha violado los objetivos para los que le fue autorizada su acreditación en Cuba, que esa represión a protestas pacíficas ha ocurrido. Que hay que detenerlas ¿Al servicio de quién o quiénes se pone esa afirmación?¿Esa es su contribución cívica?

Así también difunde explícitamente otra matriz de opinión que interesa sobre todo al imperialismo norteño: «Ninguna convocatoria a centros de trabajo, unidades del servicio militar, etc, a participar de respuestas violentas contra protestas.»

La presencia de ciudadanos, trabajadores o no de centros estatales en estos días, no pretende responder con violencia contra protestas pacíficas. Quien esto escribe se ha personado en puntos importantes de su ciudad para contribuir a prevenir y disuadir. Pero es obvio que, si nuestra policía no utiliza los medios de represión y protección que vemos en las ciudades del mundo contra la violencia, frente a los actos vandálicos contra bienes y personas, es inevitable y justo defenderse de quien te agrede. Hace unos años pasaron por una calle de mi ciudad unas «damas» con carteles, muy pacíficamente, con atuendos blancos. Terminaron su recorrido sin penas ni glorias. Las vimos pasar con abúlica indiferencia y macondiano asombro y sólo una mujer, indignada, le arrebató un cartel a otra.

En otras ciudades del mundo este comentarista ha sido testigo de que la policía misma recluta y paga paramilitares de civil, encapuchados, para provocar revueltas violentas en procesiones inicialmente de fines pacíficos. Sólo para criminalizarlos y así tener pretextos para brutales golpizas, uso de balas de goma con núcleo de plomo que explotan globos oculares, violaciones de mujeres, desapariciones, etc.

En la Cuba de estos días son ciudadanos a cara descubierta, con peligro para su integridad, los que defienden una causa justa agredida, porque comprenden que estos sucesos son consecuencias de eventos organizados y alentados, y que ciertas personas que seguramente ni saben qué son las revoluciones de colores ni sus consecuencias para sus seres queridos, han sido víctimas de las reacciones de la psicología de multitudes tanto por imitación, como por las carencias y dificultades de la vida cotidiana, para sumarse y manifestarse  en las calles sin calcular las consecuencias para el país. Y el objetivo es neutralizar acciones que en su inmensa totalidad no han pretendido ser pacíficas. Sólo a un estúpido o agente provocador se le ocurría en Cuba agredir con violencia a quien camine pacíficamente. En cambio, alguien ha tratado de persuadir con argumentos y diálogo y en respuesta ha recibido una ofensa o una respuesta de arma blanca.

«La rabia política y el odio radical» de que habla Guanche de modo abstracto al final de su triste y sesgado texto, no es un fruto de la revolución cubana, que ha sido una obra de auténtico amor, incluso abarcador de las aspiraciones cristianas mismas, pero en la política real y con resultados terrenales. Es una rabia y un odio que la agresión imperialista pretendió sembrar y cultivar mediante las privaciones, mediante el genocidio, lenta e inexorablemente, desde mucho antes de aquel que codificó que sólo fomentando el hambre y la desesperación, alguna parte del pueblo la reconduciría, desviándola, contra su propio gobierno ante la imposibilidad de hacerlo contra sus verdaderos enemigos.

En muchos casos son rabias y odios oscuros e inconscientes de personas que no supieron o no pudieron aprovechar las oportunidades de crecimiento que ofreció siempre, a pesar de todo, nuestro sistema político y social. Y en muchos casos son víctimas de esa agresión y la ignorancia marginal. La rabia y el odio intelectual contra el socialismo de los ilustrados tras bambalinas, de los oportunistas que gozan de las migajas imperiales, simulando servir a su pueblo y su patria, son la que no tiene perdón ni merece comprensión. Y hay una gran parte del pueblo que lo sabe muy bien. Esa que nuestro autor no quiere que se convoque con lo cual coincide graciosamente con Biden.

PD: También considera Guanche que debemos abrir internet para que los organizadores coordinen y alienten. Lo mismo que acaba de decir Biden en Alemania. Vaya manera de coincidir con el discurso y los deseos imperiales.

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