El veneno como aroma de flores: no puedes criminalizar lo que ya es criminal

Tomado de Razones de Cuba.

Por el profesor Carlos Luque.

Algunas voces nos «advierten» por estos días, y con notoria insistencia, que la victoria lograda sobre la intentona subversiva que hizo implosión con el fracaso de la marcha anunciada para el 15 próximo pasado – y sólo cuando la reconocen una victoria, sobre lo que no insisten con igual énfasis- no debe considerarse definitiva, ni celebrarse con ligero triunfalismo. Aceptada la buena intención. No hay nada definitivo en la historia.

Pero es una victoria muy cierta, y es, y debe ser, celebrada. Cuba no ha vivido nunca un período tranquilo, de no agresión. Sólo ha cambiado de modalidades, intensidades y métodos. Nunca hemos podido «padecer» con tranquilidad el “fracaso” del socialismo.

Quizás este fue uno de los períodos más vulnerables y expuestos del país, y, a la vez, el más atacado por toda la panoplia más diversa de procedimientos agresivos. Ahora bien: lo que Cuba está reconociendo, con toda razón, justicia y alegría, es la atenuación en curso de la pandemia, la soberanía sanitaria, honrando a sus científicos, celebrando el regreso de su infancia, y vacunada, a las clases, la reanimación de la vida en las condiciones de la llamada nueva normalidad. Cuba lamenta a sus fallecidos, que sin ninguna duda pudieron ser mucho más si no fuera por la voluntad socialista de su sistema político y su sistema científico. Y en gran medida las muertes que lamentamos pudieron ser mucho menos en condiciones de no agresión.

Absorbidos en la lucha contra la pandemia, quizás no todos nos hemos percatado de la magnitud criminal del intento genocida.

Aunque algunas de esas voces pertenecen a personajes que se han destacado por hacer de la crítica al gobierno cubano una tarea casi de diaria obsesión, – como si la crítica revolucionaria constructiva consistiera sólo en buscar lunares e insuficiencias- tomemos lo que puedan tener de útil las advertencias, sea cual sea su interna motivación, algo que pertenece a la íntima soledad de la conciencia individual, pero advirtamos las trampas semánticas y la propaganda soterrada en otras voces e intenciones.

Examinemos algunos de los argumentos que se mueven alrededor de esas advertencias, algunos expuestos con manipuladora generalización:

  • Que el gobierno cubano criminaliza el conflicto y la oposición.

Dicho así, en este preciso contexto, se intenta influir subliminalmente en el posible lector. Instalar el criterio de que la gestión política cubana criminaliza todo conflicto político-social. Quien blande ese modo de exponer pudiera y debiera aclarar que el “conflicto” mayor del momento, – a saber: la ruta del golpe blando, sus conexiones externas, los financiamientos recibidos, los personeros terroristas de los que se aceptaron comunicaciones y diálogos, el apoyo de los enemigos, la difusión presta de la maquinaria mediática, contactos que nunca se rechazaron o condenaron, y a los cuales, todo lo contario, se rindió informe de los acontecimientos-, constituyeron actos criminales por su propio mérito, delitos que precisamente la justicia cubana no llevó a los tribunales, aunque se estaban violando las leyes y se estaba poniendo en peligro la seguridad de la nación en el momento de la peor crisis pandémica, el sufrimiento de la nación y sus consecuencias económicas y espirituales.

En efecto, si alguien se refiere a la “criminalización del conflicto”, en el momento en que ocurre uno precisamente criminal, ¿por qué acude a esa generalización? Se comprende mejor el verdadero objetivo, que no tiene nada de crítica útil, si se conoce que uno de los voceros de ese criterio apoyó, en cadena y en cada uno de sus hitos, los acontecimientos que estuvieron en la saga de la pretendida marcha: la falsa huelga de los falsos artistas, la parada frente al Ministerio de Cultura, las cartas dirigidas al gobierno, los sucesos del 11 de julio, hasta el intento de formar grupos de presión como el conocido por Articulación Plebeya. Coherente todo, ¿o puede negarse?

  • No toda oposición en Cuba es antipatriota ni mercenaria.

Admitamos que es así. Pero, como aconsejaban los griegos antiguos, definamos de qué se habla – y qué se excluye- cuando se usa el concepto de oposición patriótica. Precisar las connotaciones políticas del término, obliga a un detenido examen que ponga de relieve las artes de la manipulación cuando acude a los tópicos y las generalizaciones.

No se habla de “oposición”, ni es precisamente un “opositor”, si  alguien critica, por ejemplo, la inflación actual de los precios. O no es necesariamente un opositor mi vecino, que no está de acuerdo con las ventas en MLC, ya sea  porque él no tiene familiar que le envíe una remesa y, aunque admita que esos ingresos aseguran otros servicios vitales que le sostienen la vida, no está de acuerdo. No es necesariamente un “opositor” ese otro que denuncia la corrupción que presumiblemente está detrás de la actual escasez de cigarrillos y, sin embargo, advierte la existencia de puntos de venta en domicilios especuladores y a precios exorbitantes. Si así fuera todos los cubanos calificaríamos de “opositores” o “disidentes”, porque nos oponemos a muchas cosas y disentimos de muchas otras. Y no de ahora, o después de los 90, sino de toda la vida.

Así pues, cuando una persona ilustrada, aunque no lo diga paladinamente, habla de “oposición patriótica no mercenaria”, nos está escondiendo la bola para cogernos de sorpresa la formación de criterios, y la aceptación del veneno, pero como aroma de flores: en realidad pretende legitimar  la oposición política adversa al sistema político cubano, la que a la postre interesa aquí, la oposición que, o apoya o aspira, al control del poder político y económico. ¿Nos olvidamos ya de los opositores “patrióticos” de Cuba Posible? Pues casi al final confesaron lo que al principio negaron hacer cuando creyeron llegada su hora: formar un partido político. ¿Nos olvidamos de La Articulación Plebeya? ¿Hemos visto la nómina de Cuba Próxima y la presencia en su membresía de terroristas o hasta un traidor?¿Esa es una oposición patriótica que se criminaliza por sí misma,  o que en estas notas criminalizamos?

De esa manera, de acuerdo a los acontecimientos favorables o no, se proto-forman los partidos políticos. Un partido político representa intereses y tarde o temprano aspira y puja por acceder al poder, única manera eficaz de hacer valer sus intereses. El marchista en fuga acabará de arroparse en cualquier partido de las antiguas metrópolis. Acepta el saludo de alguien que después asiste al homenaje de un tirano asesino de su pueblo porque, como ha reiterado, no le interesa cómo piense quien le ayude a dañar a su país.

O una “insigne patriota” acaba de publicar un panfleto en El País, medio español, aunque no debe desconocer quién es y qué representa el consorcio PRISA, y cuáles son sus relaciones con los poderes imperiales. Sin dudas estos personajes siempre se han presentado como opositores “patrióticos”. Las generalizaciones no nos sirven.

Ahora bien: ¿cuál ha sido la médula de esa oposición? “Acompañar”, – que realmente significa, propiciar, impulsar, – un cambio de régimen político en Cuba. Precisamente violar lo que la actual constitución deja refrendado: por ley nadie en Cuba puede proponer, ni promover, ni hacer proselitismo político contra el sistema político  socialista. Los acontecimientos imprevistos de la historia nos pueden borrar del mapa, como las repentinas arenas de un contemporáneo Vesubio: lo que es ilegítimo por ley es que alguien pretenda destruir nuestro sistema político – social. Y como estamos en la época de la prostitución de los conceptos, con el lenguaje de izquierda nos quieren colar el verdadero objetivo: legitimar la oposición política contraria al socialismo y al papel en la sociedad del Partido Comunista, también refrendado por la Constitución.

La mayoría de las veces coinciden en un mismo opositor político ilustrado, incluso el que se nos presenta como socialista, demócrata-republicano, o filo-socialista, estas propiedades: adverso al Partido Comunista cubano, contrario a puntos vitales de la democracia cubana (por ejemplo, defensor de la existencia de los famosos, canónicos, engañosos e inoperantes tres poderes, o defensor del pluripartidismo), abanderado de la “diversidad”, así, encantadoramente genérica, aunque un sector de esa diversidad pretenda legitimar distintos proyectos políticos anti socialistas, por ejemplo, los que contienen los aspectos anteriores en sus convicciones; suelen presentarse como gente “plural”, término que engaña y confunde, porque el “pluralismo” político, exigiría aceptar y legitimar a personeros como el dramaturgo de marras, y al final, en su nebulosa, coincide con uno de los instrumentales del programa de los golpes blandos: “no nos importa cómo pienses, somos plurales, somos tolerantes, somos abiertos”. El que se declara “plural” enseguida se nimba de un aura prestigiosa, charmant, simpática. Si por el contario, alguien se atreve a reflexionar sobre los vericuetos del concepto, al instante es candidato a sospechoso de ser un dinosaurio conservador.

¿Por qué se acude sola y excluyentemente – y esto es lo decisivamente revelador- al adjetivo “patriótico” para definir esa oposición, y sus “conflictos”, esos que debiéramos legitimar?

La matriz ideológica de este recurso es de vieja data. Es la misma que ha intentado cubrirse bajo el apotegma martiano, “con todos y para el bien de todos”. ¿Con todos? ¿Acaso también con los mercenarios del momento?

En realidad esa matriz está enfilada contra el socialismo y la democracia  cubanos. Oculta que se tiene Patria, no sólo cuando se conquista la soberanía, la independencia, venciendo a los opresores, sino cuando se puede construir y sostener un valladar eficaz para defenderlas, en la continuidad de la historia y frente a las constantes agresiones.

No pocas veces, sino casi siempre, quien habla de la oposición patriótica que debiéramos cándidamente legitimar, habitualmente coincide con quien pretende negar que la Revolución Cubana, en todo su desplegar histórico, es la condición final suficiente que ha permitido consolidar la Patria, – o la Matria-, que estaría mejor: quien nos sostiene, nos alimenta, nos protege, nos defiende en todas nuestras noches y nuestros días es la Matria – Patria. Pero sólo cuando logra su plena independencia y la resiste, y conserva en medio del sufrimiento, y en las alegrías y las victorias, y en los momentos de mayor peligro. Y ha sido la Revolución Cubana y su proyecto político en revolución constante, con el sacrificio de sus mejores hijos y el legado de sus más preclaros pensadores, la que ha posibilitado la plenitud de la Patria. Plenitud.

Plenitud. Que no quiere decir, instantáneo alumbramiento. Fue un largo parto doloroso. Hay toda una historia detrás, un devenir, y sobre todo un futuro, pues la Patria en un concepto dinámico, como la identidad, la cultura, las aspiraciones y las concepciones y aspiraciones humanas.

Hoy el patriota que no es antiimperialista u opuesto al bloqueo, difícilmente puede ser aceptado como patriota por su comunidad. Sencillamente porque la agresión imperialista pretende la destrucción de la Patria. ¿Y quién apoya la destrucción de lo que ama y defiende? Mañana, de no existir una potencia imperialista enemiga de la autodeterminación de las naciones, el concepto cambiará.

Ahora bien: eso no niega que alguien se oponga al proyecto político socialista tal como ahora mismo se despliega y revoluciona, y ame a su país, y no quiera verlo oprimido ni esclavo, y hasta tome las armas y muera en su defensa. De hecho, es presumible que el por ciento que no aprobó la Constitución sea el caso. Pero si alguien de ese por ciento intenta cambiar el proyecto político socialista con el apoyo de los enemigos de la Patria, de facto su “conflicto” pierde su condición tanto patriótica como legítima. Cuba no criminaliza ese conflicto. No se puede criminalizar lo que ya es criminal. Lo legítimo es definido conforme a la ley.

No pasemos gato por liebre con alegres generalizaciones: lo que precisamente dicta la Constitución es que ese porciento, por no ser la voluntad mayoritaria refrendada por los instrumentos legales que nos hemos dado, no puede legitimarse como proyecto político contrario al aceptado para con èl pretender la toma del poder mediante un partido, o una “articulación” y mucho menos un golpe subversivo con las modernas artes al uso.

Cuando se difunde la idea de que Cuba criminaliza el conflicto político, sin ninguna otra de las muchas consideraciones al efecto, sin precisar, contextualizar, (pero mucho más en los días que corren y las amenazas que penden), se está haciendo un marketing político desfavorable a la Patria misma, no sólo a su gobierno.

Cuando se hable de oposición patriótica valórense los objetivos, el programa que propone, las alianzas, las opciones, porque el patriotismo, como todo, tiene jerarquías y cualidades. El patriotismo no puede prescindir de sus cualidades. Un exiliado que ayuda a su familia, ama sus tradiciones, o contribuye a la sociedad con una donación, puede ser un auténtico patriota. Un corrupto o especulador que vive en Cuba es un mal patriota porque daña el tejido social de la Patria, aunque, como aquel, ame su identidad y sus tradiciones culturales, e incluso y eventualmente, entregue la vida después en su defensa. Y no todo el tiempo somos buenos patriotas. A veces somos patriotas para con nosotros mismos si solo defendemos lo que individualmente nos beneficia, aunque colectivamente nos dañe. A veces somos patriotas de la Patria, valga decir, si aunque nos dañe temporalmente, tomamos una decisión que beneficia a las mayorías, aun a costa de no beneficiarnos individualmente en ese momento.

El patriotismo no es el amor ridículo a la tierra, nos decía un muy joven Martí. Nos quería advertir que un componente primordial del patriotismo es la lucidez de avizorar al enemigo y la valentía de combatirlo, incluso con justo odio patriótico. Por lo tanto el patriotismo tiene jerarquías políticas y depende en su cualidad de sus opciones políticas. Es decir, quien de manera directa o indirecta beneficia los objetivos enemigos, se une a èl por omisión o decisión, no sólo no es patriota sino que califica de inmediato como antipatriota. El enemigo es quien pretende destruir o someter, precisamente a la Patria.

Y puede ser patriota el que en su libertad de conciencia no crea que el socialismo debe ser el futuro de la humanidad, el que no avizore que el sistema capitalista actual lleva al apocalipsis planetario si no se detiene. Simplemente, alguien así debe ajustarse a la ley y aspirar a la lucidez de comprender qué daña a la Patria que ama y qué la debilita o destruye.

Por último, despejemos otro aspecto que se oculta detrás de la reductora propuesta, “oposición patriótica no mercenaria”, y su aspiración de legitimidad: ostensiblemente no se define, sino que se desmarca, de otros calificativos: la ausencia de los adjetivos revolucionaria y socialista. Como siempre, es mucho más elocuente  lo que se omite.

La mejor manera que existe en la Cuba de ahora mismo de ser un crítico leal de la patria socialista es valorar a cada paso qué beneficia o propicia a los planes enemigos y, a la vez, y siempre en relación dinámica con lo anterior, qué fortalece o debilita nuestro poder político. La oposición política que pretenda destituir, bajo cobertura patriótica nuestro sistema nunca tendrá legitimidad, en primer lugar, porque lo hemos escrito y aceptado en las páginas de la Constitución y, en segundo lugar, porque es una ley no escrita, tácita, que las mayorías estamos dispuestos a defender.

Fidel nos lo advirtió. No le daremos ninguna oportunidad de legitimarse.

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