Las muchas caras de Fernández Estrada

Por: Jaime Zayas

Julio Antonio Fernández Estrada, hijo del ilustre jurista Julio Fernández Bulté, hace mucho que enrumbó por sinuosos caminos que, lo distancian de los ideales de nuestro proyecto social y en los que va dejando jirones de su prestigio profesional. Sin embargo, algunos aún lo califican de “revolucionario auténtico” por el carácter contestatario y polémico de sus escritos. Claro, que no siempre leemos al mismo Fernández Estrada.

En un artículo publicado en el sitio estadounidense OnCuba, titulado “La constitución y la muralla”, Fernández Estrada hace gala de esa pretendida “objetividad” que es tan grata a la contrarrevolución menos convencional, esa que no hace evidente su subordinación a la agenda política de la más rancia derecha global y que basa sus discursos en elementos tergiversados de la realidad.

Al autor le parece “extraño” que el proyecto de reforma constitucional establezca la “preservación de la Seguridad Nacional” como uno de los fines del Estado, e incluso la tilda como “contraria a los fines socialistas de la nación”. Con una verborrea que orbita alrededor de la “guerra de todo el pueblo” y la “defensa nacional” en abstracto (como si la defensa fuera tarea de duendes mágicos), parece sugerir que lo correcto y “socialista” sería eliminar el ejército. Así. De golpe. Como se arranca una vendita.

Marx criticó en su momento a Bakunin y a los anarquistas por su “voluntarismo”, porque querían borrar de la realidad estructuras con solo quererlo, sin un proceso lógico y sin sentido del momento histórico. ¿Será que Fernández Estrada es anarquista?

En el artículo, el autor tilda de “drástica” la reducción de la regulación del derecho a la salud pública gratuita, en un texto que propugna la gratuidad universal y sin condiciones de ningún tipo. Además, dice que la regulación de derechos políticos es “pobrísima”, aun y cuando se reconoce el derecho a la libertad de expresión, manifestación y asociación (sin ningún límite más allá de los fines pacíficos y el respeto al orden público).

Fernández Estrada vuelve a la carga contra la elección indirecta, porque es evidente que sin elección directa no hay democracia. Y ataca la campaña comunicacional en medios estatales por el Sí, porque las campañas electorales en Cuba son “ilegales” según la Ley Electoral de 1992. Claro, esa ley establece como ilícita la campaña por un candidato, pero a nuestro anarquista no le interesa esa distinción. ¿Por qué? Porque además de Bakunin reencarnado, Fernández Estrada es el espíritu del pueblo corporificado: “lo que el pueblo pidió”, “peticiones masivas del pueblo”, son expresiones frecuentes en su discurso.

Pudiera etiquetarse (aunque a su “gremio” no le gustan las etiquetas) de demagogo, pero para la demagogia se necesita de autoridad ante las masas: poder, en otras palabras. Y eso es algo que nuestro anarquista no tiene… ni tendrá.

Aun así, Fernández Estrada menciona algunas cosas que, a su juicio, son loables. A ellas les “abre la muralla” (porque nuestro anarquista demagogo abre y cierra murallas a su antojo, y gusta de parafrasear al poeta “oficialista” Nicolás Guillén): el Estado socialista de derecho y la supremacía constitucional, la legalidad y el laicismo, etc. En OnCuba, ciertamente, ha mantenido un enfoque “objetivo”: es decir, no hablar solo de lo “malo”.

Pero por ejemplo, en su artículo para el Toque, otra es la historia.

En esos artículos (menos visibles en el ámbito mediático), se permitió frases tan “felices” como que “la igualdad ha sido borrada del nuevo proyecto”. Incluso, se le dio margen para hacer análisis teóricos en los que llama “confusión” al hecho de que el Estado represente al pueblo en la forma de propiedad socialista sobre los medios de producción; cuando en puro sentido técnico la confusión se da en el ámbito obligacional cuando un sujeto en la relación es acreedor y deudor a la vez. Nada, detallitos que va dejando por ahí nuestro jurista demagogo-anarquista.

A nuestro autor preferido le parece “extraña” (una vez más, vaya término) las garantías a la inversión extranjera, que se haga depender derechos como la vivienda al desarrollo económico (porque está claro que las viviendas crecen en la tierra como tubérculos) y que los trabajadores tendrán menos poder. Nuestro jurista anarquista-demagogo es un entusiasta de la autogestión obrera… aunque no brinde luces sobre cómo implementarla.

Pero sin duda alguna, es en su más reciente artículo “Mi voto será… secreto”, donde Julito brinda su versión más “sincera”. Publicado en el sitio Cuba Posible (porque a nuestro autor preferido no le faltan plataformas “independientes” donde publicar… ¿será parte de su activismo?). En este escrito, nuestro jurista demagogo-anarquista acusa a las Comisiones de Candidatura de poner en manos de la UJC y el Partido “el futuro político de la nación”.

Dice: “Solo en las circunscripciones el pueblo nomina directamente a sus candidatos, en asambleas que no cuentan siempre con cantidades representativas de los habitantes del barrio y que son, de antemano, preparadas para que los propuestos acepten, y para que los no queridos por el Partido y el Estado, no pasen este filtro democrático.”

Sin embargo, en otro artículo, Fernández Estrada afirmó que era extraño (sí, otra vez, extraño) que el pueblo “culto y responsable políticamente (…) hoy puede proponer a candidatos municipales de calidad”, porque se le tiene confianza. ¿Ambivalencia? ¿Poca memoria?

Sin ningún atisbo de prudencia, se lanza a decir que la Constitución de 1976 no fue conocida por el pueblo (cuando fue resultado de un proceso de consulta y un referendo, similar al que hoy se está llevando a cabo), y con pesimismo afirma que “los valores políticos se han perdido”. (¿Pueblo culto y responsable políticamente o se han perdido los valores políticos?)

Para Fernández Estrada, “el socialismo cubano nunca ha sido más dudoso”: en un viraje ortodoxo (inusual en su retórica “libertaria”) cita como ejemplos de dudas en el diseño socialista a la existencia de propiedad privada, mercado e inversión extranjera. Insiste que hay una disminución de derechos como el de la educación y la salud, y que debiera ser causa de vergüenza para los “constituyentes” que “el comunismo volviera al Magno texto” por petición popular. ¿Vergüenza por escuchar la voluntad popular? ¿En serio? ¿Dónde está el socialista libertario?

Pues, el socialista libertario renace en la idea de que se precisa en el texto constitucional el derecho a la “creación de partidos políticos u otras formas de organización política.” Tiempo atrás, las preocupaciones de Fernández Estrada recaerían sobre la necesidad de hacer del Partido único más plural: hoy, sin embargo, es un decidido paladín del pluripartidismo como única forma de establecer “pluralismo político”.

Sin embargo, el socialista libertario cede el lugar al ortodoxo, porque según él, es preferible la Constitución vigente desde 1976, porque es socialista y votar No sería votar (de alguna forma, en su lógica) por la permanencia de ese texto. Pero la Constitución vigente no siempre fue la niña de los ojos de nuestro autor preferido: en su momento dijo que “tiene contemplados menos derechos de los que la propia Revolución logró por el camino. Es decir, es una Constitución que se ha quedado detrás de la propia Revolución.” ¿En qué quedamos?

Fernández Estrada habla desde un “nosotros”, en el que engloba a “los que los vemos pasar a ustedes (¿?) en sus carros, desde la altura de nuestro P1”; “los descamisados, los descalzos, los que compramos todo lo que da la libreta de abastecimiento, de forma religiosa, cada mes” (¿será que con tanto trabajo en tanta plataforma independiente no la da para alcanzar a fin de mes?). Con todo y eso, dice que su voto será “democráticamente” secreto. Como si no se alcanzara a adivinar su propósito, como si no abogara abiertamente por una opción (y eso que está en contra de las campañitas): “Esta Constitución no es más revolucionaria que la Comuna de París, de 1871; y yo no acepto nada que no sea un paso de avance en relación a lo que ya teníamos.”

El socialista libertario, a veces ortodoxo; el adorador supremo y crítico implacable de la Constitución vigente; el anarquista y el demagogo; el jurista y el político “amateur”. Todos son facetas de Julio Fernández Estrada, que cada vez se aleja más de la larga sombra de su padre. ¿Para bien o para mal? Lo dejamos a juicio de los lectores.

Mas, en algo sí podemos estar de acuerdo con nuestro autor preferido: debemos “entregar la constitución y la república al pueblo, para que este las refunde a su sagrada manera.” El referendo del 24 de febrero será la mejor manera de hacerlo.

Después de este análisis sólo cabe sentir lastima por los pobres tontos ignorantes que piensan y creen que, Julio Fernández Estrada es quien mejor se ha leído la nueva Constitución.

Un comentario en “Las muchas caras de Fernández Estrada

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.