Los “artivistas”

Por: Jaime Zayas.

Toda agrupación humana, identificada por similares propósitos, ha sentido a lo largo de la historia universal la imperiosa necesidad de darse una identidad. Los valientes que acompañaron a Jasón en la búsqueda del vellocino de oro se hicieron llamar argonautas, marineros en el barco Argo. Los revolucionarios más radicales de la Francia de finales del siglo XVIII se nombraron sans-culottes, en alusión a que carecían de una prenda típica de la nobleza que los oprimía. En La Habana del siglo XXI, los jóvenes insistían (y aun lo hacen) en dividirse entre repas, friquis y miquis (y algún que otro paria desafiliado).

Esa tendencia social y política también tuvo influencia en el arte. Quizás el primer movimiento que asumió conscientemente el labelling como estrategia de identidad (y, hasta cierto punto, comercial) se remonta al Romanticismo, con un acento más marcado en los literatos. Ser “romántico” era encarnar el espíritu de la época; no serlo podía convertirse incluso en causal de ostracismo en el mundo de los intelectuales de cierta alcurnia.

Pero sin lugar a dudas fueron los “surrealistas” los que con mayor intencionalidad se dieron nombre como movimiento, y un conjunto de directrices a seguir para sus “afiliados”. El primer Manifiesto Surrealista, escrito por André Breton, constituye una suerte de declaración de principios y manual conceptualista, en el que los artistas signatarios lanzaban al mundo su concepción de la realidad, sus métodos de aprehenderla y su postura artística con respecto a su entorno mediato e inmediato.

Hoy en día, la arraigada costumbre de políticos, artistas y personas en general de identificarse en propósitos y métodos bajo un título que los identifique no ha menguado en lo absoluto. Y a esa costumbre responde la etiqueta de “artivista” que una y otra vez defiende Tania Bruguera ante la opinión pública.

El “artivismo” de Bruguera responde a la intencionalidad de mostrar a través del arte una postura política, y que esa expresión artística critique o subvierta el orden imperante (considerado por el “artivista” como injusto o disfuncional). En el caso de Tania, el objeto fundamental de todas sus “obras” ha sido, en los últimos tiempos, la “dictadura” cubana.

Vehemente paladín de la democracia (en su variante liberal-estadounidense), el “artivismo” critica la “ausencia” de “libertades políticas fundamentales” en la Cuba de hoy, así como recurre frecuentemente al llevado y traído tópico de la violación de derechos humanos por el “régimen”. Un discurso pobre en el ámbito político, sin un programa original y que se limita a replicar fórmulas foráneas; y de cuya valía artística no nos atrevemos a juzgar, pero que digamos carece de aficionados.

En los últimos tiempos, el “artivismo” ha estado abocado a promover el No en el referendo que se celebrara en Cuba el pasado 24 de febrero. Para ello, Tania instó incluso a los participantes de la Decimotercera Bienal de La Habana a manifestarse contra el “libelo comunista” y “leyes complementarias” como el archiconocido Decreto 349.

En ese afán, Tania Bruguera ha ido recogiendo acólitos por toda la isla. A su estela de “performances” han ido incorporándose artistas de la talla de Amaury Pacheco (Omni Zona Franca) y Luis Manuel Otero Alcántara. ¿No los conoce? Pues son “artivistas”, cuya obra (escasa) está imbuida del proyecto de liberalización que impulsa la “oposición tradicional” en Cuba (esa que responde, conscientemente o no, a la derecha republicana y a demócratas interesados en el cambio de gobierno para nuestro país).

Sus aliados dicen mucho de ellos. No hace mucho, en las redes sociales posaban algunos “artivistas” con el infame Secretario General de la OEA, Luis Almagro. Sonrientes todos, parecen muy felices y confiados en el pronto colapso de la “dictadura” (da lo mismo si es en Cuba o Venezuela).

Y es que, sabiéndose derrotados en las urnas, los “artivistas” han dedicado también esfuerzos a apuntalar al autoproclamado Juan Guaidó (incluso, a instarlo a “actuar más y hablar menos”, con las resonancias beligerantes de semejante sugerencia).

Pero el “artivismo” ha fracaso en el afán de seducir a artistas de valía, que se dediquen a su causa con férrea militancia. Si bien lograron que un actor reconocido como Luis Alberto García apareciera en un video contra el Decreto 349, no han logrado (aún) que este participe en algún performance o pose en una foto con Almagro, Rubio o Bob Menéndez (da lo mismo).

Otros, venidos a menos, como el antaño popular Alberto Pujols, parecen más inclinados al “crecimiento” de sus filas. Pujols, que pasó de ser “informante” de la policía en el dramatizado “Su propia guerra”, pasando por su papel como oficial en “Tras la huella”, ahora dedica su tiempo a “estelarizar” una serie que despotrica contra la Revolución en el tono del Miami profundo y resentido en el que parece querer ser incluido.

Quizás Albertico Pujols, que pasó de ser “el Tabo” a intentar una “parodia” del Presidente Díaz-Canel, se reconozca en un futuro como “artivista”. Ya en Cuba gustaba de incursionar en la música y en las artes plásticas, con la diletancia que nuestras autoridades condescendientemente le permitieron, confiriéndole espacios que muchos músicos y pintores de trayectoria probada no tuvieron. ¿Qué más da hacer un poco de militancia contrarrevolucionaria? Los estadounidenses tienen un dicho: “When in Rome, do as Roman do”. Si estás en Miami…

Pero quizás el fichaje más “sonado” del “artivismo” sea el del notorio reguetonero Baby Lores (también conocido como “La Máquina de Hacer Dinero”). En un video publicado justo antes del referendo constitucional en Cuba, el “cantante” se disculpaba por no poder estar en la isla para ejercer su voto; pero llamaba a sus “fanes” a votar por el No, a que “cesara la represión” y que hubiera “libertad en Cuba”. Sí se acuerdan de Baby Lores cantando los patrióticos versos de Bonifacio Byrne mientras se tatuaba el rostro del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en uno de sus brazos, ¿cierto?

Y es que el “artivismo” suele dejar a sus sujetos principales en una disyuntiva que no suelen resolver del todo bien: no son genios a los que podamos perdonarles los “errores” en materia política, ni son agudos politólogos a los cuales aplaudirles por la gracia de una intentona seudoartística. Suelen ser sujetos oportunistas, que sin dominio de arte alguno y sin un discurso político coherente, cantan, pintan, bailan y comen fruta según fluya la corriente del dinero.

¿Quién paga? Esa es la pregunta. La respuesta, por evidente, sobra.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.