No se equivocó Abel.

Por: Marco Velázquez Cristo.

Llega la fecha del nacimiento de un gigante, Fidel, y con la fecha se dispara la creatividad de millones de personas agradecidas que desean honrar su grandeza.

Las redes sociales, los medios con decoro y hasta los que les falta esa virtud no pueden escapar al impulso de nombrarlo. Los que lo queremos reproducimos sus hazañas, sus fotografías, anécdotas que lo retratan; con atrevimiento intentamos poemas en su honor, le ratificamos nuestra fidelidad, lo añoramos. Convencidos que como dijera el maestro, “Para rendir tributo, ninguna voz es débil”.

Bellos poemas, canciones y textos se le han dedicado y se le continuaran haciendo por los siglos de los siglos, pero el intelecto humano de manera individual no alcanza para dibujar la imagen integra de quien sin proponérselo se convirtió en paradigma de las ideas más nobles y avanzadas que haya concebido jamás el género humano.

Por grande no dejó de ser humilde, su enorme talento no lo llevó a la egolatría, el sentirse admirado y respetado no lo envaneció, su incuestionable autoridad no fue utilizada para aplastar el criterio de los demás, supo escuchar, apreciar la inteligencia ajena y aprender de ella.

No le importaban los reconocimientos a pesar de merecer los más altos, el cariño de su pueblo y la satisfacción del deber cumplido eran su máxima alegría. Nunca actuó persiguiendo la gloria, al igual que el apóstol estaba convencido que cabe en un grano de maíz, por eso un día expresó ante más de un millón de personas en la Plaza de la Revolución, “nos sentimos como una gota de agua en este mar de pueblo”.

Sintió como propio los sufrimientos de los oprimidos y nos enseñó a sentirlos. Nos condujo y elevó a  estadios superiores de igualdad y justicia, nos educó en la necesidad de luchar por esos derechos para los eternamente olvidados, porque para él patria es humanidad.

No fue hombre de odios, ni rencores, supo estar por encima de esos sentimientos, no pocos presidentes de la poderosa nación del norte dejaron las manos libres a sicarios y a la CIA para que intentaran eliminarlo. Pero el impenetrable chaleco moral que lo protege no pudo ser vulnerado y para escarnio de quienes pretendieron arrancarle la vida, él les dio la lección ética de alertar a uno de sus más encarnizados rivales de que peligraba la suya. Así es Fidel.

Desafió la muerte no por alardear de valiente, sino porque estaba convencido como Martí que, “Todo debe sacrificarlo a su país un patriota sincero” por eso al responder a las amenazas de un arrogante mandatario de turno del imperio manifestó, “…yo estaré en la primera línea para morir combatiendo en defensa de mi patria. Ese es Fidel.

Compartió su sudor con el del campesino, con el del obrero, con el del constructor, no rehuyó estrechar sus manos curtidas por el trabajo, ni fundirse en un abrazo con ellos. Sus botas y traje de guerrillero no se detuvieron ante el lodo y el polvo de los caminos. Hizo camino al andar.

Beso a la anciana, cargo al niño, llegó a la cama del enfermo y al hogar destruido por la furia de los elementos a dar aliento, jamás faltó a la palabra empeñada con ellos y en cada coyuntura difícil fundido con el pueblo tiró hacia delante del carro de la Revolución convencido de la victoria. Fidel nos enseñó a superar los obstáculos insalvables y a vencer lo imposible.

Fue su palabra respetada y esperada en foros internacionales, por amigos y enemigos, los primeros ávidos de escuchar sus enseñanzas y la defensa apasionada de sus derechos y sueños, los segundos temerosos del filo de su oratoria y de las verdades que desvelaba con ella. El Comandante nos hizo inmensos ante el mundo.

Término con las palabras de Abel Santamaría, a su hermana Haydée después de conocerlo:

«Yeyé, conocí al hombre que va a cambiar los destinos de Cuba. Es Martí en persona».

No se equivocó Abel.

 

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