Que el exceso de entusiasmo no nos ciegue

Por: Marco Velázquez Cristo.

Jamás me verán esperar favores o perdones del peor de los imperios.

Fidel

En estos días la alegría por la posibilidad real de que Donald Trump no continúe al frente del gobierno de EE.UU., hace que no pocos tiendan a atribuirle la responsabilidad de todos los males del imperio, lo que puede conducirlos a sobrestimar, hasta donde estaría dispuesto Biden a cambiar la política hacia Cuba.

No podemos olvidar que ambos son parte del Establishment norteamericano y representantes de sus políticas e intereses.

Como sé que, por las redes sociales, vagan verdaderos prestidigitadores mediáticos, expertos en tergiversar la opinión ajena, aclaro que, lo dicho no significa que esté intentando defender al magnate presidente, ni tirándole al demócrata, tampoco que pertenezca al imaginario grupo creado por las afiebradas mentes de los “nuevos revolucionarios” que, según ellos se opone a la normalización de las relaciones con los EE.UU., algo que de ser cierto sería estúpido.

Solo trato de ser objetivo y no crear falsas expectativas sobre lo que pudiera esperarse, si por fin Biden asume el gobierno del imperio.

Dicho esto, paso a dar mi opinión.

Donald Trump es un mitómano empedernido, algo de lo que padecen los políticos de Norteamérica de forma crónica. Su xenofobia substancial, la animadversión a los emigrados, su racismo no disimulado, su apoyo a los grupos supremacistas blancos y el haber llevado el bloqueo contra Cuba a su máximo nivel de crueldad, son rasgos que indican la presencia en él de un pensamiento fascista.

Pero él no creó el Ku Klux Klan, ni los grupos de supremacistas blancos, tampoco introdujo la xenofobia o el racismo. Todo eso surgió y se desarrolló dentro de EE.UU. muchos años antes de que él fuera presidente, persistiendo hasta nuestros días. Igual ocurre con el bloqueo y no creo que, se pueda vaticinar su fin en un futuro próximo.

La historia de la nación norteña está llena de hechos que refrendan esas afirmaciones. Algunos ejemplos.

La esclavitud considerada como la semilla sobre la que han germinado la mayor parte de los conflictos raciales presentes, llegó y se cimentó en el territorio del actual EE.UU. muchos años antes de que fuera reconocida su independencia.

A fines de agosto de 1619, africanos cautivos tocaron tierra en Point Comfort (ahora Monumento Nacional Fort Monroe), que era parte de la nueva colonia de Inglaterra en Virginia. Su llegada es considerada por muchos historiadores como el comienzo de una historia de 400 años llena de tragedia, resistencia, supervivencia y un legado de resistencia, desigualdad y opresión.

El 19 de junio de 1865, la esclavitud terminó como forma legal de explotación inhumana en ese país con la aprobación de la 13ª Enmienda que dio alcance legal para toda la Unión a la Proclama de Emancipación emitida por el presidente Abraham Lincoln casi tres años antes el 22 de septiembre de 1862, la cual por demás había tenido que esperar hasta enero de 1863 para entrar en vigor.

Dicha Enmienda tiene una excepción que les permite amparados por la Constitución someter a condiciones de esclavitud a personas que hayan cometido algún delito. Pareciera que EE.UU. se resistía y aun se resiste a dejar desaparecer la esclavitud.

No obstante,  existen evidencias comprobadas de la presencia de esclavitud moderna en diferentes estados de la Unión.

La xenofobia tiene viejas raíces en ese país, en el cual, en 1790, el Congreso dictó la primera Ley de Naturalización que, establecía la ciudadanía estadounidense solo para las “personas blancas libres”. Sin embargo, inmigrantes europeos blancos fueron víctimas de la xenofobia por su origen nacional.

El racismo también es añejo en la nación del norte, donde han sido promulgadas leyes como las Jim Crow que, fueron leyes estatales y locales, puestas en vigor entre 1876 y 1965 por legislaturas estatales blancas, dominadas por los demócratas. Estas leyes propugnaban la segregación racial en todas las instalaciones públicas por mandato de iure (“de derecho”) bajo el lema “separados pero iguales” y se aplicaban a los afroestadounidenses y a otros grupos étnicos no blancos en los referidos estados de la Unión.

Kamala Harris en su discurso de la victoria se refirió al racismo que lastra la sociedad norteamericana como sistémico, lo quiere decir que está relacionado con todo el sistema, no con una persona.

En este contexto el magnate, hijo de ese sistema enfermo, lo que ha hecho es alentar y reavivar esos sentimientos y fenómenos , fomentando el odio y la división de la sociedad norteamericana, incrementado la agresividad de sus manifestaciones con sus conductas públicas tolerantes y afines a estos, haciendo más visible la impunidad de la cual han gozado, durante toda la historia de Estados Unidos. 

Sin embargo, no se puede soslayar que, según los medios norteamericanos más de 70 millones de estadunidenses votaron por él. Múltiples factores los pueden haber motivado a ello, entre estos: coincidencia con su pensamiento y proyecciones sociales, la confusión por la enorme cantidad de propaganda y mentiras vertidos en la campaña electoral, los de carácter económico, así como la imagen que le construyeron de lo que llaman un “presidente de guerra”, algo así como de “tipo duro”, la que unida a un discurso fuertemente nacionalista, goza de aceptación entre amplios sectores de la sociedad norteamericana, por corresponderse con la visión que tienen los estadunidenses de su país y de ellos mismos.

Por eso el lema, “Haz América [Estados Unidos] grande otra vez” o “Que América vuelva a ser grande” (tampoco invención de Trump, fue utilizado por primera vez por Ronald Reagan durante su campaña presidencial de 1980).

De esa forma se transformó a un orate, en abanderado de la “lucha” por el renacimiento de la “grandeza” americana, justificando y ocultando con ello todas las deformaciones de su pensamiento político y los grandes trastornos de su personalidad.  

En cuanto a Joe Biden también hijo de ese sistema enfermo, y con algunos padecimientos inherentes a él, vale recordar algunos pasajes de su carrera política que así lo demuestran, entre ellos:

Como senador fue uno de los más fuertes partidarios del uso de la fuerza en el conflicto de los Balcanes, su influencia se considera determinante en la decisión tomada por el entonces presidente Bill Clinton de utilizar la fuerza militar contra el ejército de Slobodan Milošević.​

Siendo Presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, apoyó las políticas del presidente George W. Bush, de enviar tropas a Afganistán. En octubre de 2002 votó a favor de la resolución que autorizaba al Gobierno a utilizar la fuerza contra Irak. Su apoyo se considera decisivo por el cargo que desempeñaba.

En 2011 como vicepresidente de los EE.UU. apoyó la intervención militar de la OTAN en Libia.

¿Cuántas muertes entre ellas las de personas inocentes costaron estas posiciones de Biden?, resultan muy difícil de establecer las cifras exactas, pero, de que fueron altas eso se sabe.   

En noviembre de 2006, Biden, de conjunto con Leslie H. Gelb, presidente emérito del Council on Foreign Relations, propuso un plan para Iraq basado en la experiencia de Bosnia. En dicho plan, proponía dividir Iraq en 15 áreas federales a lo largo de líneas étnicas, lo que equivalía a fragmentar el país.   

En entrevista concedida en abril de este año a la cadena de noticias CBS, declaró que, en caso de ganar las elecciones, retomaría la política llevada a cabo por Barack Obama hacia Cuba. Esto fue considerado por los analistas como planteamientos de campaña, pues matizó sus declaraciones diciendo que mantendría las sanciones contra Cuba, debido al apoyo cubano a Venezuela. Esa posición se asemeja a la mantenida por Trump.

También aseguró que, exigiría a Cuba cumplir con los compromisos contraídos con el gobierno de Obama, dando a entender que se trata de compromisos relacionados con aspectos de la política cubana dentro y fuera del país. Es conocido que, consciente de que el gobierno cubano no aceptaría ese tipo de exigencias, Obama nunca intentó hacer reclamos que pudieran interpretarse como lesivos a la soberanía nacional. Por lo tanto, mintió sobre compromisos inexistentes.

Para Biden el que Cuba fuera elegida recientemente para integrar el Consejo de Derechos Humanos de la ONU se debió no a sus méritos, sino a errores de la diplomacia trumpista. Desconociendo que, nuestro país ha sido elegido para formar parte del mismo en cinco ocasiones.

En este escenario resulta necesario recordar la reflexión de Fidel, “El hermano Obama” en la cual pone al descubierto toda la hipocresía que encerraban las palabras almibaradas como las definió, del “ilustre visitante” que, pretendió dar lecciones de democracia y derechos humanos (por supuesto al estilo de USA), utilizando la táctica del roedor, morder y soplar para que la víctima no sienta la mordida.

No niego, ni desconozco que un relajamiento de las medidas de bloqueo, la suspensión de las restricciones del envío de remesas y de la prohibición de viajes a nuestro país de ciudadanos norteamericanos, así como el restablecimiento de los vuelos directos a diferentes destinos del país, serían acciones que repercutirían positivamente sobre la economía nacional y la de las familias cubanas.

Pero eso no quiere decir que, si Biden implementa medidas como esas, tenga objetivos diferentes a los de Trump con respecto a Cuba. Ambos buscan como principal de ellos, cambiar el sistema económico, político, social de nuestro país y en lo único que difieren es en las vías a través de las cuales cada uno considera viable alcanzarlo. 

Vale recordar que, en la directiva presidencial firmada por Barack Obama sobre la política hacia Cuba, se expresa, “…estamos, (…) promocionando valores que apoyamos en todo el mundo”; sencillo, estaban tratando de llevarnos a un sistema similar al de EE.UU., lo que en la práctica significaría la destrucción de nuestros valores y de la Revolución. 

En cualquier variante Trump o Biden los cubanos seguiremos trabajando en función de alcanzar el socialismo próspero y sostenible que es nuestra meta, siempre coherentes con nuestra historia de dignidad y no negociación de principios. Eso es lo importante.

Por lo tanto, sin ánimo de aguafiestas en mi opinión hay que ser cautos y no dejarnos llevar por el entusiasmo.

No confío en la política de Estados Unidos (…) sin que esto signifique, (…) un rechazo a una solución pacífica de los conflictos o peligros de guerra. (…) Defenderemos siempre la cooperación y la amistad con todos los pueblos del mundo y entre ellos los de nuestros adversarios políticos.

Fidel

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